Una carta abierta a los hombres “buenos” uruguayos, de una yanqui de mierda que vivió en Uruguay 8 años

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Querido buen tipo, 

Te quiero… ¿Pero qué mierda está pasando con ustedes? 

Antes que nada, voy a blanquear que te estoy escribiendo desde un país prendido fuego (en el estado de California fuego literal), políticamente inepto, sin la confianza de un pueblo colectivo para lidiar contra un virus que ustedes ya prácticamente han combatido, y en la mitad de un movimiento de derechos civiles que no hemos visto desde los años 60. Tal vez pienses que no soy la persona para estar criticando. Entiendo el lugar desde el que te estoy escribiendo y por eso es que me autoproclamo una “yanqui de mierda”… Sin embargo, escuchame un toque. 

En esta carta les voy a hablar con sinceridad y honestidad total. Algunos no van a estar prontos para eso y si sentís que ese sos vos, todo bien. De verdad te deseo lo mejor y espero que en otro momento puedas ser lo suficientemente fuerte para hacer tus defensas a un lado mientras te sentás y escuchás. Si empezás a sentirte enojado, triste, a la defensiva… dejalo y volvé, voy a estar acá… Si estás pronto, seguimos adelante. 

Les escribo como una mujer blanca de clase media alta. Debería ser bastante obvio desde Uruguay el racismo que enfrentan los negros en Estados Unidos. Y yo, como una persona blanca aún con todas mis buenas intenciones, aunque soy un “good guy”, aunque “tengo amigos negros”, soy parte del problema y sistema del racismo. Claro que hablar de esa lucha también implica ser consciente del racismo general que existe acá, contra los inmigrantes, latinos, la gente indígena, contra todos los que no pasan por blanco; y si no quiero ser parte de eso tengo que trabajarlo. No es suficiente simplemente ser “buen tipo”, hay que ser aliado activo, activamente anti-racista para desarmar el sistema que traumatiza y mata a mis hermanos y hermanas…  En primer lugar tengo que escuchar y creer lo que me dicen sobre su experiencia en este mundo. ¿Quién soy yo para negar la humanidad de otro? 

Y vos, buen tipo, ¿quién sos vos? 

¿Quién sos vos para cuestionar a tus hermanas que están gritando desde un lugar de dolor profundo? Querido buen tipo… Te digo como tu hermana mayor, la que toma una copa de más y te hace un sanguche estilo yanqui en la cocina a la media noche. Te digo en una buena, este es tu momento de sentarte, shut the fuck up y escuchar. 

Yo sé por qué no querés creer que esto pasa en tu sociedad. Porque tenés miedo. Porque si es verdad que las mujeres están sufriendo tanto, tiene que significar que tu realidad, que el mundo como lo ves no es real, y hay otro mundo, uno mucho más oscuro que solamente no querés imaginar porque si es verdad, el dolor sería insoportable. 

Bienvenidos al upside down. Los monstruos de “Stranger Things” viven acá. Stranger machismo. Y esos monstruos pasan de la oscuridad a la luz del día con regularidad. Algunos dan más miedo que otros, algunos son más peligrosos que otros, pero todos sufren de la misma enfermedad: La masculinidad tóxica que causa el machismo. Son tus compañeros de trabajo, tu hermano, tu hijo, tu amigo con la ex “histérica”… A veces… Hasta sos vos. Pero eso ya lo sabías y eso, amigo buen tipo… es lo que te da más miedo de todo. 

Pero como dije al principio de esta carta, buen tipo… Yo te quiero. De verdad. Porque yo puedo ver tu humanidad aunque más de una vez no pudiste reconocer la mía. Y sé también que para que los hombres estén tratando a las mujeres así tienen que estar sufriendo ustedes. Yo no diría que los hombres la tienen fácil. Lejos de eso, yo creo que la sociedad para el hombre es difícil y las presiones de ser “macho”, de no parecer puto en una sociedad homofóbica, de ser fuerte, de tener constante deseo sexual, de no mostrar ninguna emoción aparte del enojo o felicidad, de ganar plata, proveer, ser exitoso, no fallar, tener control… todo eso los tiene enjaulados. También han sido abusados. Los veo… Pero entendés que esa jaula en la que están nos está dañando, a veces hasta nos mata. Yo tengo que entenderte porque mi existencia depende de comprenderlo. 

Las veces que te he intentado explicar esto lo hice con una sonrisa y con gentileza porque al presentarlo con la violencia de lo que realmente fue para mi, no soportaste escucharlo. Empezaste a defender a tus amigos, a defenderte a vos mismo. Te enojaba mucho, hasta a veces me ponía en peligro. 

Querido, te lo intenté decir. Cuando en mi primer trabajo en Oriental Films a los 23 años me llamaron a una reunión para decirme que tenía que sonreír más y ser más buena onda. Nadie me preguntó en esa reunión por qué iba todos los días con cara de orto. ¿Habrá sido porque estaba con uno que me trató de puta cuando se emborrachó, que me sacudió fuerte por los hombros cuando quise llevar valija en vez de mochila en un viaje, que me violó una vez y me dijo que dejara de llorar para que no escucharan los vecinos? No sé… En esa reunión no me preguntaron qué me pasaba, yo tampoco me pregunté, me pidieron sonreír más y ser más buena onda. Entonces lo hice: sonreía tan fuerte y con tanta buena onda que a los 24 años en rodajes con otras productoras un pibe me dijo que varios pensaban que estaba intentando levantar a los hombres. ¡Y por favor! No me ponía un short ni aunque hicieran 30 grados y filmáramos afuera todo el día… Estaba siendo demasiado buena onda. Cada interacción con un hombre nuevo estaba mezclada con la preocupación de que yo estuviera dándole una “idea equivocada”. No podía ganar, amigo. Entonces aprendí a sonreír mostrando los dientes al punto suficiente, y si me ponía un short agregaba una remera XL para cubrir cualquier curva que insinuara mi putez.  

A través de esa sonrisa tensa me mordí la lengua para evitar pensar en el dolor de mi alma y mi boca se llenó de mi propia sangre. Fue una revolución violenta, el cómo encontrarme de nuevo, cómo presentarme al mundo. Porque quería sentirme bien linda pero también evitar que un extraño me apoyara la pija en el ómnibus como a mis 21 años. O sea, me quería poner algo que me gustara pero no algo que gritara «acercate por la calle Vázquez sobre las 20 horas y decime en el oído “te gusta que te la pongan bien adentro”» como cuando tenía 25 años, algo liviano para no pasar calor pero que no atrajera a dos pibes en Malvín en pleno dia que me acosaran y metieran sus manos en mis oscuridades íntimas, a donde no fueron invitados, cuando yo tenía 26 años.  

¿Dónde estuviste buen tipo? Vos y todos tus conocidos que “no son así” no me ayudaron. La estaba pasando mal che. Te necesitaba. 

Amigo. No sabés la vergüenza que pasé cuando un editor viejo en el Canal 4 me preguntó en frente a mis compañeros si estaba embarazada una vez que estaba sintiéndome mal. Hablé con él el proximo dia e intenté decirle en privado con mucha calma que por favor no hiciera eso; una chiquilina podría ser sensible a ese tema, podría estar embarazada y no querer perder su trabajo, tal vez no pudiera quedar embarazada, o de repente recién había tenido un aborto, u otra cantidad de cosas… Che, me trató de feminazi y nunca más me dieron trabajo en Canal 4.

El motivo por el cual me sentía mal resultó ser que estaba sufriendo de una enfermedad y no sabía… Cuando fui a los médicos me decían que mi dolor estaba en mi cabeza, tal vez algo de terapia me ayudara. Durante siete años me negaron el dolor como si fuera algo inherente al estado femenino y yo simplemente fuera “demasiado sensible”. Un médico de la Asociación Española se me río en la cara cuando no pude pronunciar bien la palabra “quistes” y dijo que no era posible que yo pudiera tenerlos y menos saber la ubicación de mis ovarios. Igual, estuvo feliz de examinarme con la enfermera al otro lado del salón (que no estaba mirando), metiéndome los dedos adentro un poco demasiado. ¿Me tiró una mirada lasciva? Vi su ojos agrandarse y sus cejas levantarse como en una expresión de deseo. ¿Esto está pasando?  ¿Hay un sentimiento adentro mío que me hace querer llorar y gritar al mismo tiempo? ¿Esto es real o lo estoy imaginando? 

No sabía. Porque al estar viviendo en un entorno durante tantos años que me repetía “estás exagerando”, “tal vez es como lo estás interpretando”, “no seas histérica”, “si es tan terrible como reclamás por qué no dijiste nada”… Empecé a dudar yo también. Dudar de mi propia experiencia, de mi propia voz interna que me decía que algo estaba MUY MAL, dudé de la realidad. Cuando movía mi mano frente a mis ojos el ambiente cedía el paso como agua en una piscina, desperdigando las fibras de mi propia realidad. Mis dientes en una sonrisa fija, el rojo de la sangre conformando un lindo lápiz labial. 

Gas Lighting. Esta es la frase perfecta para lo que me pasó. Y como muchas de las frases impecable de una lengua, no tiene traducción. Una forma de abuso psicológico en la que información falsa es presentada a una persona para hacerla dudar de su propia memoria, de su percepción o de su cordura. Puede ser en forma personal, como entre un abusador y su víctima, o también en una sociedad con todo una población. La frase viene de una obra de teatro que se llamaba “Gas Light” (Luz de Gas) en la cual un hombre convence a su mujer que está loca. Lo hace manipulando objetos de su ambiente o insistiendo constantemente en que ella está equivocada o que no está recordando correctamente. 

Cuando alguien sufre algo traumático y le agregan gaslighting, ahí es donde sucede lo más jodido. Al volver a Estados Unidos a los 28 me diagnosticaron con endometriosis, necesitaba dos cirugías para salvar no solamente mis ovarios, sino mi vida. Trauma de los siete años de dolor muy fuerte complementado con el gaslighting de los médicos diciendo que lo estaba imaginando. ¿Podés imaginarte cómo es pensar que no podés confiar en las sensaciones de tu propio cuerpo? Te enloquece. 

Ahora estando en otro continente, sin tener que depender de un mercado chico para ganarme la vida, y después de tres años de terapia intensiva, puedo decirte lo como siempre quise… Todo está más hecho mierda de lo que parece. Para mi fue una experiencia traumática, y hay que revisar el machismo latente que se vive como mujer en Uruguay. 

Y vos, amigo….  Intenté decirte lo que me pasaba y me hiciste gaslighting también. ¿Cuántas veces me dijiste que era mi imaginación? ¿O que estaba armando quilombo por nada? ¿O que seguramente yo me generara este “odio” hablando de más con mis amigas? ¡Esto no les pasa a todas! ¡No puede ser tan malo! Feminazi. Fea. Enojada. Lesbiana. 

Por eso tuve que abrir mi standup en Uruguay con la línea: Yo soy feminista, estoy buena, caliente y bastante chupa pija. Para desarmar el nombre estupido “feminazi” mientras usaba la cosificación de mi sexualidad como mi propio arma. Mi ex novio odiaba ese chiste. Especialmente cuando habían hombres en el público que chiflaban “sí gringa… sí”. Payasa sonriente. La imagen tal cual del payaso triste. Mi ex pudo entender la lucha, pero como vos amigo querido, no quiso enfrentarla conmigo. Aún en mi propia casa estaba sola. 

Y puede ser que mi historia personal sea especialmente jodida, tal vez la pasé particularmente mal. Pero hablando con otras chicas yo conozco la que fue golpeada en la cara y no dijo nada a nadie para proteger al pibe, la que fue abandonada cuando quedó embarazada, la que fue violada en la facultad durante una fiesta. Cada amiga tiene una historia, pero no es que él sea un mal chico, sabés, está todo bien… Sólo en ese momento. Y sabés que en ese momento estaba en una mala…

Cuando yo estaba sufriendo y te necesitaba me negaste. Me dejaste sola en esta oscuridad para no ser testigo de mi angustia y esquivar tu propia responsabilidad en todo esto. 

Hermano, me dejaste sangrando, llorando, herida, con miedo y lo peor es que me dijiste que nada pasaba. Me viste en el patio en medio de una lluvia fuerte, temblando, con fiebre y desde el porche cubierto me dijiste que también te estabas mojando. 

Preferiste quedar del lado opuesto “los hombres también pasan por…”, “nosotros también enfrentamos violencia”. ¿De quién, che? ¿De nosotras? ¿Tienen miedo físico de nosotras? Cuando están en la calle en la noche y se cruzan con una mujer, ¿tienen miedo de que los vaya a atacar? 

Algo les pasa, che. Y tienen que buscar adentro suyo para ver qué es. Reinventar lo que es ser un hombre, reencontrar los buenos valores de masculinidad. Porque las partes tóxicas resuenan más alto y los destruye a ustedes, y en su estela a nosotras también; además de a nuestros hermanos/as gay y trans. Yo creo que que elijas seguir defendiéndote y negando la realidad nuestra te hace la vida más barata. No vale. Es una ganga y te deja con una vida plástica cuando podrías haber tenido la de porcelana, medio hecha mierda, pero por lo menos real. Y te enoja, porque te implica, y luchar junto a nosotras te forzaría a comprar lo real… Te va a forzar a pelear con tus amigos, con tu padre, con el compa de la oficina, pelear con tu propia identidad. 

Todo esto te pone en la posición de tener miedo que te acusen de algo en las redes sociales, a pesar de que no hayas hecho nada. Que puedan quizás “ensuciarte”. Pero no confundas a una red anónima con “poder”, esto se gesta después de años de represión y silencio, y ni que hablar que el silencio también fue tuyo. Es un proceso que tendrá errores en el camino a la justicia, pero mirá qué rápido salen todos a defender al hombre “mal identificado” y a reclamarle a las pibas por no ser “creíbles”. “Ojo cómo y a qué precio” dicen. Ojo vos, viejo ¿Cómo se siente que tu entorno te crea cuando hablás? Me gustaría saber. Porque nosotras tenemos que ser impecables para que nos crean. Víctimas perfectas. Activistas perfectas. Y aún entonces la única ilusión de justicia y poder que tenemos es contar relatos en una cuenta de Instagram. ¿Cuál es el precio? No lo sé, pero te digo quien termina pagando, quien siempre se queda con el cheque, y no sos vos ni los culpables. En este momento estás en una posición incómoda y no te gusta para nada. 

Entiendo. Yo como mujer blanca en un país racista estoy ahí también. ¿Podés creer que tengo familiares que van a votar por Trump? ¿De vuelta? Amigos, jóvenes, que están educados en una universidad, defendiendo a los oficiales de inmigración que quitan a un hombre guatemalteco de su casa en la que vive hace 15 años con su mujer y tres hijos chicos.

Yo tengo que pensar qué mierda yo tengo que ver con eso. Que basura mía tengo que sacar y enfrentar que apoya a este sistema. No puedo negar las veces que he dicho a mis amigos no blancos: “Che capaz no dijo eso ASÍ”, “hay gente racista pero no todos…”, “capaz si hubiese escuchado a la policía…” 

Entonces no nos queda otra, buen tipo. Tenemos que hacer algo y tiene que empezar con nosotros mismos. Va a doler. Va a ser difícil. Pero vamos a ser mejores personas. ¿Tal vez vamos al cielo? Ja. Just kidding.

Ponete el pantalón de adulto. Callate la boca. Escuchame. Lee el libro de Bell Hooks “El feminismo es para todos”. En serio, compralo y léelo. No me hagas hacer el laburo emocional de explicarte esto más. Estoy cansada. Pedime disculpas por no creerme, por no decir nada cuando viste lo que viste, lo que escuchaste, lo que hiciste. Hablá con tus amigos de esto. Andá a terapia. En serio. Andá. A. Terapia. Ayudame a realizar mis sueños. Preguntame si necesito un abrazo. Entremos a la casa oscura, saquemos los fantasmas, construyamos la casa de nuevo. Esta no nos sirve. Ayudame a construir un lugar donde pueda tener mi sonrisa genuina. 

Che, en serio, te quiero y quiero que seas feliz y pleno. Pero es tu momento de pensar un poco más en mi. Tanto como yo he tenido que organizar mis pensamientos, mis acciones, mis emociones, mi vestimenta alrededor de tu enojo, celos, violencia. 

Tomá mi mano y seguime hasta la calle donde estamos luchando… Mi libertad también es tu libertad. 

Con todo mi cariño, 

Heath. 

Heather Shapiro es de Estados Unidos. Es una actriz, escritora y directora del género de la comedia que vivió en Uruguay desde 2010 hasta 2018. Actualmente vive en Los Angeles, CA.

Fotografía: Fernanda Montoro

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