Suena el timbre de la casa y se llena el living. Cuentan una anécdota eterna, completamente ramificada, actuándola. Y yo de nuevo me río, demasiado fuerte. El sonido de los hielos cayendo en un vaso que alguien prepara para mi. Chin chin. Tocan la guitarra, estoy tan tranquila ahora que me tiro sobre un almohadón y para escuchar mejor, cierro los ojos. Imagino una estación en la que pierdo un colectivo. Tomo otro. Llega el reencuentro con quienes viven lejos. Vamos a pescar con mi papá y mi hermano en un silencio manso y no pescamos nada. Redescubro los rituales, ponemos la mesa, prenden las velitas. Siento el eco de la risa de mi madre en verano. Gritamos, descostillada me achino, cierro los ojos y sucede lo que quiero. Con mi pollera de cuero y mis amigas preciosas, somos las reinas de la pista y a brillar. Un reci donde todos los temas hablan de nosotras. Cantamos juntas. Vuelcan un vaso. Nos duele el cuerpo de bailar. Sudor y sal. Me hago la boluda acodada en una barra, discuto con un gil y le gano, escucho algo genial, conozco gente divertida e inteligente que no voy a volver a ver. Hago un guiño, dicen que sí y entonces es posible visitar habitaciones ajenas y concretar los garches que nos debemos. En el orgasmo se escapa un gemido lento. Cierro los ojos. Viajo, armamos las mochilas. Voy al mar, a la montaña, a una orilla. Estamos bien, estamos enteras y no tenemos ganas de llorar. Nos ponemos vestiditos y son floreados, hacemos un picnic. Después de meterme al agua, con los pelos todos chorreados, me siento en la reposera. El sol me encandila y cierro los ojos. Veo nuevos paisajes. Una ruta larga y plana en auto. Maneja otro -siempre maneja otro- y suena una canción que será desde ahí y para siempre nuestra. Bajo un poco la ventanilla, acaricia mi cara la ventolera, trae algo y se lleva otra cosa, se arremolinan los rulos y cierro los ojos. Doy un salto hacia el futuro, vivo un gran amor. Apoyo mi cabeza, enredada y plácida sobre un pecho que ya resulta familiar. Cierro los ojos.

También cuando determino que termine el día, cuando me impaciento, cuando sumerjo la cabeza en la bañera, cuando escucho viejas canciones de resistencia que me llevan al patio de mi infancia, cuando me mareo y necesito volver a mi eje. Cuando tiemblo de miedo y cuando lloro, cuando extraño antiguas geografías. Cierro los ojos.  

Cuando esto haya pasado, creo que todo parecerá más fácil. “A vos porque no te tocó el servicio militar, ir al Beagle, estar en el sur del sur, el faro del fin del mundo, cagarte de hambre, esconderte en dictadura”. Siempre hay algo más duro, más insoportable. Ya sé. Todos mis dramas y mis deseos son pequebú.  Solo estoy un poco cansada. Cierro los ojos. Nunca miré tanto para adentro como en este tiempo.

Texto: Cecilia de Michele

Foto: Micaela Colace

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