A continuación voy a hablar sobre un episodio donde alguien se apropió de mi cuerpo y se cagó en mi persona. Fue feo, pero tengo total conciencia de que es algo muy mínimo comparado a las experiencias de violencia que muchísimas personas viven a diario. Quiero contarlo porque cada vez que lo hago siento que de alguna forma me apropio de lo que pasó, que puedo hacer algo con eso, a lo mejor convertirlo en algo mínimamente “útil”. A veces lo suelto en alguna conversación y la otra persona queda de cara. Por momentos me da un poco de cosa interrumpir el ameno clima con una bomba como esa. Perdón por mi falta de corrección política, personas que escucharon ese comentario alguna vez. Tal vez no fue la mejor forma, pero poder nombrarlo en voz alta puede ser bastante sanador. Me costó llamar a ese episodio por su nombre. No voy a cambiar el mundo contando que un pibe abusó de mí, pero a lo mejor sirve para visibilizar un poquito algunas cuestiones. 

Hace unos años conocí a un pibe en un evento, hubo onda y me invitó a salir. Nada fuera lo de común. Él tenía un par de años más que yo y era atractivo para el modelo de belleza hegemónico. Estaba estudiando una carrera, era blanco y de clase media alta. Un “niño bien”. Lo hago explícito porque me parece súper relevante el hecho de que nos violentan todo tipo de varones: jóvenes, viejos, chetos, pobres, fachos, progres, atractivos según los estándares de belleza actuales, feos según estos criterios, etc. Me consta que esto está más claro que antes, pero nunca está de más recordarlo. 

En las primeras dos semanas, nos vimos prácticamente todos los días, la típica situación de dos personas que empiezan a salir “intensamente”. En esos días fue siempre muy dulce. No es que ahora venga una frase que diga que era todo un plan maléfico. Estoy convencida de que fue genuino. Me parece importante resaltarlo porque es un tema complejo: la mayoría de las veces no son barbudos de 50 años con pasamontañas en la calle quienes abusan de nosotras, sino gente con la que se tiene cierta confianza. 

Una madrugada, después de salir, fuimos a mi casa. Él quería coger y yo también. Lo habíamos intentado una semana antes pero no habíamos podido. Estábamos en mi cuarto y en un momento previo al coito se dio una situación donde él hizo algo, yo le dije que no quería y él volvió a hacerlo. Me sentí invadida (rectifico: fui invadida) y me puse a llorar. Le expliqué el concepto de consentimiento y él me pidió disculpas. Yo pude aceptarlas. (Si están pensando “qué boluda, flaca” por haber confiado en él después de eso, les invito a pensar si nunca le faltaron el respeto a su compañere sexual o si nunca dieron otra oportunidad a quien no les respetó). 

Más tarde volvimos a sentir ganas y llegamos al coito. En un momento me di cuenta de que no la estaba pasando bien, que estábamos yendo demasiado rápido. Lo primero que pensé fue en bancármela y no decir nada, pero enseguida me dije que tenía que decirle que parara un poco para ver cómo seguíamos. Yo sólo quería que fuera más cuidadoso, tan simple como eso. Tuve varias veces ese mini diálogo con otros pibes, supongo que muches de ustedes también. La cosa es que le dije, en un tono normal, que parara un poco. Él siguió. Se lo dije de nuevo y siguió. Le grité “pará, [su nombre], pará!” y no paró. No paró hasta que acabó. Creo que hasta lo calentó más que yo le estuviera diciendo que parara. Recuerdo que no podía creer lo que estaba pasando. Me sentí como una muñeca inflable, como una cosa, observando pasivamente cómo él tenía un orgasmo usándome sin que yo pudiera hacer nada. Me sentí horrible, nunca me había sentido tanto un objeto. Tal vez la palabra sea “desubjetivada”. Una amiga me dijo “yo lo hubiera empujado”. A mí ni se me ocurrió, creo que me paralizó la situación. Es que no me entraba en la cabeza. Lo bardeé un cacho y se justificó diciendo que había tomado (alcohol), cosa que yo ya sabía porque había estado presente (estaría a lo sumo un poco tocado, no estaba en pedo ni ahí). Dato: muchas personas se ponen en pedo y cantan, bailan, se ríen mucho, vomitan… y llegan a sus casas sin abusar de nadie. El alcohol y las drogas no hacen mágicamente que nos caguemos en si la otra persona quiere tener sexo con nosotres. En todo caso potencian cosas que están ahí latentes. Su otra excusa fue que no era tan fácil parar. Sí, de verdad, me dijo “no es tan fácil”. 

Mucho tiempo después, repensando este episodio, se me ocurrió que de alguna forma era una “violación situacional”. No es que este pibe sea intrínsecamente un abusador, que esté en su esencia serlo. Lo que hizo no era algo que iba a pasar sí o sí. A lo que voy es que (nuevamente) la realidad es mucho más compleja. Nos encanta pensar que algunes somos buena gente y que las personas que abusan de les demás son monstruos, depravados, enfermos; que la línea divisoria entre estos seres y los buenos existe de forma clara e indiscutible. Pero no. Creo que existen rasgos, formas de ser, subjetividades que pueden estar más asociadas a cometer abusos; pero que se define minuto a minuto con nuestras prácticas y formas de vincularnos. En este caso, el “resultado” se jugó ahí, en el momento concreto en el que yo le dije “pará”. Él tenía básicamente dos opciones, ya sabemos cuál tomó. No estoy quitándole importancia, ni diciendo que es lo mismo abusar de alguien que no hacerlo. Lo que me parece importante es dejar de pensar que son casos aislados y empezar a hacernos cargo como sociedad. Dejemos de reproducir ideas como que el “no” de las mujeres significa “sí”, que los hombres no pueden controlarse y demás discursos nefastos que mandamos en forma de chistes a grupos de Whatsapp para después salir a decir que hay que castrar a los violadores. Revisemos nuestras prácticas cotidianas, porfa. Esto va más allá de este pibe en particular. Lo que estoy contando no es nada comparado a infinidad de experiencias horrendas que pasan todo el tiempo; pero es parte de lo mismo: el machismo estructural en el que vivimos, de este sistema patriarcal y su cultura de la violación. Estos episodios en los que es más difícil identificar la violencia que los compone pasan mucho. Algunos novios insisten con tener relaciones hasta arrancarle un “sí” por cansancio a sus compañeres. Algunos se sacan el forro durante el coito disimuladamente. Otros se cogen a sus esposas cuando están dormidas. 

Volviendo al relato de los hechos, fui al baño, me miré a los ojos en el espejo y me dije que acababan de violarme. En el liceo hacíamos la línea del tiempo y poníamos el nacimiento de Jesús como una marca que dividía la Historia de la humanidad, por lo menos a fines prácticos. Esa madrugada tuve mi propia marca en la línea del tiempo de mi vida y la sentí en ese preciso instante, semi desnuda en el baño. Lo viví como un antes y después, como una lápida que decía en negrita “bueno, me pasó esto”. No me entraba en la cabeza que el flaco se hubiera disculpado por el primer episodio y que después hubiera hecho algo peor (a mi criterio) o en todo caso algo que era mucho más evidente que estaba mal. Me pregunto cuántas personas que estén leyendo esto estarán echándome la culpa en alguna medida. Si lo estás haciendo, qué copado. Esta puede ser la oportunidad de que te preguntes por qué. Habrán leído por ahí que “no es no”siempre. Sí, este episodio empezó siendo un acto con consentimiento. Pero a partir del momento en que una de las personas dice no (yo en este caso), si la otra sigue, está abusando de su compañere. Les dejo una serie de ilustraciones de Alli Kirkham que me parece súper clara y sencilla para entender el consentimiento y el abuso sexual: link.

Si esto fuera un libro de “elige tu propia aventura”, ¿qué harían en mi lugar?

A) Cagarlo a piñas, obvio. 

B) Denunciarlo, esto no va a quedar así. 

C) Escracharlo en redes sociales para que no le haga lo mismo a otra piba. 

Más allá del chiste, desde afuera y/o con el diario del lunes es mucho más fácil. Como sabrán si vivieron algún tipo de violencia sexual, reaccionar es todo un tema. Primero, porque suelen ser situaciones paralizantes donde te encontrás en un lugar de vulnerabilidad que puede impedirte actuar con todas tus herramientas. Segundo, porque todo lo que hagas o digas probablemente va a ser usado en tu contra para ponerte en duda.

Dentro de esta historia, mi reacción es una de las cosas que más me duele, pero quiero compartirla porque me hizo aprender que une reacciona como puede en el momento, incluso de formas inesperadas o poco “lógicas”. Lo que hice fue seguir saliendo con él (por suerte sólo fueron dos semanas más). La imagen que me viene a la mente para explicar lo que me pasó es la de una piedra alrededor de la cual se va formando una bola de nieve cada vez más grande. La piedra era la situación de abuso y todo el dolor que conllevaba. Seguir con él fue la nieve con la que lo envolví. Cuando hablé con mis amigas sobre esto, una de las primeras capas de nieve fue decir “básicamente me violó pero voy a seguir saliendo con él”. Lo contaba de esa forma, usando el “pero” como escudo para que no me dijeran nada que me interpelara. Era más fácil seguir como si nada, minimizarlo con esa palabra (“básicamente”), que cortar el vínculo y quedarme cara a cara con la realidad. Si esto le hubiera pasado a una amiga, hubiera intentado confrontarla como fuera con la verdad, a pesar del dolor que implicara para ella. Pero era demasiado para mí en ese momento. Asumir que se cagaron en tu deseo, en tu voluntad, que te hicieron algo que no querías como si fueras un objeto no es tan sencillo. Siempre tuve conciencia de lo que había pasado. De hecho, militaba en un espacio sobre género, tenía redes de contención y herramientas; pero el impacto fue tan grande que no pude hacer nada. En vez de huir de ahí, seguí de largo pisando el acelerador de un autito llamado negación (la metáfora es tan mala como acertada). Me desbordó el acontecimiento y se pusieron en juego mecanismos de defensa, no pude detenerme a asimilarlo. Asumirlo implicaba reconocerme en un lugar de vulnerabilidad que no me pintaba, además de la caída de la ilusión de horizontalidad de la relación. Lo que quiero decir es que ser consciente de lo que pasó y entenderlo es un montón, pero no siempre es suficiente para tener la fortaleza de actuar en consecuencia de la forma en que te gustaría… o que la sociedad juzga como válida. 

Una profesional de la salud en quien yo confiaba me dijo que no había sido abuso porque yo había seguido saliendo con él y que era yo la que lo había usado, que no podía decirle “ahora sí quiero, ahora no quiero”. Qué pena que desde estos lugares de poder se sigan reproduciendo estas ideas. Entiendo que pueda sonar “ilógico”, pero como dije, en esos momentos se hace lo que se puede, no lo “lógico”. La reacción posterior no modifica los sucesos, el foco no debería estar puesto ahí. Para dar un ejemplo más crudo y evidente, en promedio una mujer se queda 12 años con su compañero golpeador. ¿Qué les van a decir? ¿Que son estúpidas por no salir de ahí? Ah, cierto que ya lo hacen. Un poquito de empatía y una mirada desde el paradigma de la complejidad no vendrían nada mal. Y es ridículo tener que seguir insistiendo en esto, pero si te juntás con tu amigue o quien sea a comer alfajores y de repente no te pinta seguir comiendo, ¡está bien! Es válido. Aplica para coger: el consentimiento se va renovando, que haya dicho que sí no significa que sea sí para siempre o a todo o por todo el rato. Naturalicemos respetar nuestras ganas, nuestro deseo y el de la otra persona. 

Por mucho tiempo sentí culpa por mi reacción. Pensaba que tendría que haberlo educado, que por haber reaccionado así, él no iba a aprender que estaba mal lo que había hecho y que probablemente fuera a hacerlo de nuevo con otra persona. Igual claramente mi explicación sobre consentimiento no había servido mucho. ¿Sería deseable desde varios puntos de vista haber reaccionado “mejor”? Probablemente. Pero enseñarle a ese pibe a respetar a las personas no era mi responsabilidad. 

Me gustaría cerrar esto con un mensaje lindo o algo así, pero no se me ocurre. Gracias por la lectura-escucha.

Texto: Magdalena Larralde
Foto: Martina Vilar

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